Translate

26 de octubre de 2015

La reconquista

Qué fácil es rendirse a los instintos, y olvidarse de los sentimientos

Hemos discutido. La tensión acumulada durante todo este tiempo, ha estallado. Hace un mes que no me coge, ni me abraza. Hoy no me ha hablado, y para colmo, me ha bajado la regla. ¿Alguien da más? Adjudicado a la una, a las dos, y a las tres.
¿Dónde está mi madre? En el cielo. ¿Y mis amigas? Con sus maridos. ¿Y mi hijo Borja? Con mi ex. ¡Madre mía! ¡Qué racha! Estoy por llamar a una correduría de seguros, y contratar una póliza de psicólogos, las veinticuatro horas. Eso sí, requisito imprescindible que sean hombres. Puestas a elegir…

Me imagino un servicio telefónico y personalizado, al cual poder realizar llamadas, en estos días de bajón, vestida con ropa interior desde la cama, con objeto de sentirme al menos escuchada y atendida. ¡Dios mío, que placer! Menos mal que aún me queda algún resquicio de imaginación transgresora, erótica y perversa, con la cual poder relativizar y neutralizar estos duros momentos. De lo contrario, ya hubiesen acabado conmigo. Seguro.

No lo entienden. A todos los hombres con los que he salido, les ha molestado que quedase con mis ex. Tanto es así, que por su culpa, he ido perdiendo el contacto con todos ellos, menos con Luis, mi ex actual. Qué culpa tenemos las mujeres, se saber quedar bien, a diferencia de ellos, con nuestros "ex cupidos" novios, me pregunto. Menudo marrón que me he buscado yo solita. El caso es que Jorge, el chico con el que salgo, me ha cogido el móvil mientras me duchaba, y ha leído el maldito mensaje que hace unos días me envió mi ex Luis: “Eva, he llegado. Habitación 205, Besos”.

Le mentí con la socorrida excusa de una reunión, y con algún problema médico de mis amigas. Está, con toda la razón, tan dolido, que ni siquiera me mira a la cara. Debo de darle asco. Me pregunto cómo hubiese reaccionado yo, si le hubiera cogido quedando con una de sus ex. Mira que me lo dejó claro, el día de nuestra primera cita: “Eva, si algún día tienes un desliz, prefiero que me lo digas, antes de enterarme por otros medios. Estaré dos o tres días raro, pero al final te agradeceré el detalle, y valoraremos juntos que me lo hayas contado".

Con el transcurso del tiempo, terminó de contarme el resto de la historia. Cuando era pequeño, cogió a su madre besándose con un amigo de la familia en la cocina de su casa. Y al cabo de los meses, saliendo en ropa interior de una de las habitaciones, mientras su honesto padre trabajaba. Al día siguiente, no pudo contener su asombro, su rabia, su impotencia y su indignación, y terminó por contarle lo ocurrido a su padre. Éste a su vez habló con su madre, y ésta lejos de entenderle, le hizo desde entonces la vida imposible, e intentó separarle de sus hermanos.

Pasados los años, y por cuestión de principios, optó por obviar esta información a su ex. Esta nunca entendió sus celos, y optó entre otros motivos por dejarle. Hace unos años, según me dijo, tuvo una relación corta, pero intensa con una chica, a la cual cogió hablando por el móvil con otro chico, mientras cerraba una cita llamémosle romántica con él, en casa de sus padres. Desde entonces, no ha tenido ninguna relación.

Estoy asustada. Una extraña sensación de responsabilidad y de miedo me invade, por lo que pueda pasar por su cabeza en estos momentos. No he tenido la fuerza de negarle que aquél día pasó algo. Pero estoy dispuesta y preparada para contarle la verdad, con tal de causarle el menor daño posible. Es tan buena persona, que prefiero morir emocionalmente lo más dignamente posible, antes que traicionar y herir una vez más su gran corazón. Al menos me queda el consuelo de haberle ayudado al principio de nuestra relación. Parecía incluso haberlo superado. Han sido tantas las noches en que abrazados, ha llorado su rabia, su impotencia, y su dolor, en mis hombros, que ayer no aguantó más, y tocó fondo.

Antes de cenar, quizás con la excusa de no sentarse a mi lado, se marchó sin despedirse, y volvió a las tres de la mañana, apestando a alcohol, y a un perfume barato de mujer. Es la primera vez que en lugar de venir, se ha acostado en la cama de Borja. Ni siquiera me ha reprochado aquel día en el que le hice deshacerse de las fotos de sus ex. Todavía no sé, como he podido cometer el error de quedar con él, sin decírselo. Y como he sido capaz de ir más lejos de lo que mi honestidad y mi moral me permiten. A pesar de haberme acostado solo con su cuerpo, me siento sucia, y creo que por momentos me estoy volviendo loca, de hablar continuamente sola: “Déjalo Eva. Es inútil. Por mucho que te duches, esa mancha interior e indeleble, te perseguirá el resto de tus días”.

Solo me queda una salida digna. Reconocer y rectificar mi error. Qué fácil es rendirse a los instintos, y olvidarse de los sentimientos. Lo siento. Perdóname, mi vida. Tienes toda la razón. Hace mucho tiempo que no me sentaba a tu lado, te miraba, ni cogía esta foto del salón, en la cual estamos juntos. Ahora lo entiendo: quizás ha sido mi infidelidad el motivo que me ha impedido hacerlo. ¿Qué es el placer loco y esporádico, comparado con el cariño reposado y permanente en el tiempo, que solo tú, mi amor sabes darme? Perdóname, te lo suplico. ¿De verdad que he estado tan ciega, como para creerme que alguien me amaba, mientras me hacía el amor? Y después de hacer el amor, ¿qué hacen entonces (valga la redundancia) los enamorados? ¿Seguir mintiéndose y utilizándose bajo una coartada perfecta, con objeto de utilizar ambos el cuerpo del otro, y desfogar así sus más bajos instintos pasionales?

Voy a luchar por nuestro amor, como ninguna guerrera ha luchado. Mi amor es mucho más espiritual del que tú y hasta yo misma creo. No me importa que no podamos tener más hijos. Adoptaremos una mascota como en su día hablamos. Prefiero sacrificar mi maternidad, antes que perder mi verdadero amor. Ven conmigo, mi cielo. Dame la mano. Sube al coche, y no hables. Vamos juntos a un lugar especial. Pon tu mano en mi pierna mientras conduzco, como hacías antes.
Ya hemos llegado. ¿Recuerdas? Es la parcela de las afueras del pueblo, en la que aquella noche, bajo el sonido de la lluvia en el capó, hicimos por primera vez el amor.

Ten. Póntelo. A ver si te queda bien. Es de oro. Quiero que sepas una cosa, Jorge: eres el amor de mi vida. A ver, a ver…deja que mire debajo del asiento. Toma, haz el favor de abrirla. Pero antes, salgamos fuera a brindar bajo la luz de la luna, por nosotros y por siempre. Quiero que rocíes todos los cristales del coche con champán. Como aquella noche en la que se fundieron nuestros cuerpos en uno solo. Y que después, mi príncipe, descubras como solo tú sabes, la lencería nupcial que llevo encorsetada en mi interior por y para ti. Si lo haces, podrás descubrir la flor que en señal de mi amor, estoy deseando entregarte.

Solo y siempre para ti, mi querido esposo.

José luis Meléndez. Madrid, 25 de Octubre del 2015
Fuente de la imagen: Flickrhivemind.com

19 de octubre de 2015

Los consejos de mamá

Los hijos eran difíciles, y los padres nunca fracasaban

Mis amigas dicen que soy una mujer atípica. El día que les dije que estaba embarazada de Borja, se extrañaron cuando les confesé la predilección por el sexo masculino de mí futuro hijo. Tampoco entendieron que no hablara como ellas a diario con mi madre, que en paz descanse. Ni que no quedase con ninguna amiga, desde que hace un año lo dejara con Luis, mi actual ex marido, con el cual conservo una buena relación, gracias a Borja.

Nunca han sabido estar solas como mujeres que son, y siempre han necesitado relaciones de dependencia financiero económico afectivas, con algún Cyrano de Bergerac (érase una mujer a un hombre pegada). Tiene narices la cosa. Es normal. Ni siquiera les he contado que salgo con Jorge desde hace unos meses. Ni que los hombres han sido, y son en la actualidad, mis aliados más fieles, discretos y honrados. Para ellas paso por una buena chica. Tímida, reservada, y un poco resentida con los maromos (término por el cual se refieren al sexo opuesto, y no al complementario).

Aún conservan como vírgenes, los estereotipos que sus madres les contaron sobre los hombres. Siempre me han tenido por una excelente escucha, a la cual poder confiar cualquier tipo de aflicciones y de cuitas maritales. Es lo que tiene haber sido la única hermana, y segunda hija de tres hermanos. Y haber tenido un padre cercano, cariñoso y comprensivo con cada uno de sus hijos. Si papá fue la igualdad, mamá por el contrario encarnó a la perfección la exclusividad. Nunca me sentí cómoda, siendo la niña de sus ojos. Desde pequeña me di cuenta, de la excesiva atención de muchas madres con sus respectivas hijas. Desde la más tierna infancia, las estimulaban a una edad más temprana que a los niños, por medio de una atención más personalizada, a través de un mayor contacto físico, no verbal, y con una mayor carga emocional en sus diálogos.

Más tarde, en la adolescencia, mientras mis hermanos jugaban con el resto de chicos al fútbol, mi madre, y las madres de mis amigas, nos transmitieron según la tradición oral (con objeto de no ser descubiertas), los distintos tratados sobre las distintas artes culinarias, estéticas, sexuales, educacionales, seductoras, y las distintas técnicas sobre la caza masculina. Aún recuerdo aquellas conversaciones en voz baja, frente al teléfono, o al fuego de la cocina. Y la contraseña verbal de salir de compras, para hablar de lo nuestro, de ellos, y del resto de la familia: “Hija mía, debes de tener cuidado. Los hombres van a lo que van (no a lo que nosotras les llevamos). Yo te enseñaré, y ayudaré a encontrar un buen partido. Por mucho que te guste un hombre, nunca se lo digas. Si ves que no te hace caso, provoca tú el primer acercamiento, pero que luego sea él, el que siga tus pasos. Y ante todo, nunca desfallezcas, hija. Antes de encontrar a tu príncipe azul, tendrás que besar muchos sapos. Los hombres son como niños. Si no consigues de ellos lo que deseas, distánciate de ellos, y niégales tus encantos”.

Cuántas ancas de renacuajo nos hubiéramos evitado, si nos hubieran enseñado antes a besar como Dios manda, a estos lindos animalitos. Y qué manía la de animarnos a buscar príncipes azules, antes de habernos preparado para ser (y no solo vestirnos), auténticas princesas. Menos mal que siempre he creído que los verdaderos príncipes azules tienen la sangre roja, y que en lugar de buscarlos, se encuentran cuando menos te lo esperas. De lo contrario, me hubiera vuelto loca con el paso del tiempo. Pobre mamá. Insistía tanto con sus cumplidos, que un día consiguió que hasta yo misma me lo creyese, a pesar de haber vestido en varias ocasiones, el traje de reina (sin contar algún que otro disfraz de princesa). Para ella, seguí siendo hasta el último momento, la hija perfecta. Un simple resfriado mío, era mucho más importante que una neuralgia de uno de mis hermanos. Los hombres tenían que ser fuertes. Tonterías, las justas. Para los padres de entonces, las bofetadas eran en muchas ocasiones, mucho más eficaces que una buena conversación, o una simple consulta al psicólogo. Ahorraban tiempo. Y dinero. Para eso estaban los consejeros espirituales, para dar la razón a los padres (por la cuenta que les tenía), y recordar a los niños que tenían que seguir honrando a sus congéneres por los siglos de los siglos.

Los hermanos mayores, eran la carne de cañón, y la excusa perfecta, para justificar su escasa preparación, y motivación para el matrimonio y la maternidad. Los hijos eran difíciles, y los padres nunca fracasaban. Qué fácil era el matrimonio y la maternidad, y que difíciles eran los hijos primerizos. Más tarde a los varones, les esperaba el colegio, el maltrato físico y psicológico era la norma en las aulas de algunos maestrillos mal nacidos, y peor criados. Los castigos, y las humillaciones en público que veíamos y escuchábamos las chicas detrás de la puerta de alguna clase a escondidas. Pero ahí no acababa la doma de los machos encabestrados por el Régimen. Al poco tiempo, los chicos eran llamados a filas. Entonces era la única forma de servir a la patria: por medio de las armas. Más disciplina, ordeno y mando. Las mujeres teníamos entonces muchos menos derechos que ahora. Nuestro servicio militar era más domiciliario y prolongado, bajo el mismo mando. Algunas privilegiadas, conseguían el pase de pernocta. Otras se veían en la necesidad de declarar el Estado de excepción, y muchas se vieron obligadas a emplear unas armas más eficaces y superiores a las de los hombres: las armas de mujer.

Ahora pienso la suerte que tuve de no hacer la mili. Todavía recuerdo la viva imagen de mi hermano mayor, al regreso de su primer permiso. Vino tan escuálido, y me dio tanta pena verle en ese estado, que a partir de ese momento, decidí solidarizarme con el sexo masculino, y hacer caso omiso a los consejos de mamá. A partir de entonces, dejé de sentirme como una traga monedas y una chocho hucha. Luis, siempre me agradeció que hiciese caso omiso de sus recetas perjudiciales y trasnochadas. Él era consciente del grado que mis amigas, aun estando casadas, y considerándose a sí mismas mujeres independientes, seguían dejándose influenciar por los consejos de mamá, perjudicando y deteriorando la relación íntima, que toda pareja necesita. Y yo no entendía por qué tenía que utilizar, engañar, y atraer de una forma tan injusta y poco honesta a los hombres.

Llegué incluso a pensar, que mi madre engañó a mis hermanos, al ocultarles y no prevenirles de esas malas artes. Y por supuesto, me negué a pensar, que esa era la única forma de combatir el exacerbado machismo imperante. Los hijos no podían mentir a los padres, pero estos, sí que lo hacían cuando nos decían que nos querían a todos por igual. En lugar de ser justos, equitativos e imparciales, se vendían a las carantoñas, y a los chantajes emocionales de algunos de sus hijos. Lo que sí que averiguamos con el paso del tiempo, es que muchos padres, no eran iguales ante sus hijos. Razón por la cual existían tantas clases de padres, como los padres naturales, progenitores, adoptivos, protectores, maltratadores, asesinos, padrastros, madres superioras que robaban niños, y padres superiores, conocidos con el nombre de padres y madres coraje.

Una no puede ocultar su perplejidad, cuando comprueba que aún en nuestros días, existen féminas que no entienden por qué la mayoría de hombres no exteriorizan como nosotras sus emociones y sentimientos. Y que otras bajo un gesto diplomático, revestido de cierta hipocresía, afirmen querer a todos sus hijos por igual. Hasta el día en el que fallecen, se van, y sus hijos descubren una vez más, a través de la maldita herencia, su permanente y despiadado engaño.

José Luis Meléndez. Madrid, 17 de Octubre del 2015
Fuente de la imagen: Flickr.com

11 de octubre de 2015

Frases hechas

La mejor herramienta, para sacarse una espinita del corazón, es la cabeza (pero la cabeza de uno, no la de otros...)

“Cariño, te comes mucho la cabeza”, me dijo una ex, en una ocasión. Como si fuera un defecto, el exceso y el ejercicio de dicha acción. Si no me alimentase y autofagiase el coco como un ouroboro, algunos ya me hubiesen rebañado el alma, nada más nacer. Mi amor, yo sé cuidar, y dejar un poco de mí mismo para el futuro. Así que, mañana, si te parece, podemos seguir intercambiándonos los sabores de nuestras respectivas masas encefálicas, le contesté. Nunca me echó en cara, sin embargo, mis excesos emocionales, ¡curioso!

Las frases hechas, a diferencia del resto de fármacos, deberían de estar prescritas, por el mismo facultativo, es decir, por el doctor cabeza. Porque estarán de acuerdo conmigo, que no es lo mismo una frase pensada por una ilustre e insigne cabeza, que algunos refranes, dichos y proverbios elaborados, escritos, transmitidos, e incluso tergiversados sin razonar, por el vulgo más inculto. Las ideas, como reza un aforismo, son como las pulgas: saltan de una cabeza a otra, pero no le pican a todo el mundo.

Nuestros antepasados, por su parte, nos educaron (y acojonaron), con un inmenso amor y respeto por los personajitos de la naturaleza: “Cría cuervos, y te sacarán los ojos”, o “más vale pájaro en mano, que ciento volando”, entre otros. Otros eran más exculpatorios: "Quién bien te quiere, te hará sufrir". Luego nos dimos cuenta que para querer a una persona no hacía falta hacerla sufrir, sino todo lo contrario. Que amar significa sufrir, pero que ese dolor no tenía que venir propiciado por el dolor intencionado de la otra persona. Y también averiguamos quién era el que sacaba al otro, no solo los ojos, sino las vísceras, y después se las comía.

Algunos empezaron a reconocer, que algunos animales como la paloma urbana, no era ni mucho menos, la criatura que mayor número de infecciones producía de manera involuntaria e inconsciente. Que era, es, y me temo que seguirá siendo, el Pajarracus racionalis de dos piernas, ocultado hasta nuestros días, bajo el nombre científico de Homus plaguicidus. Un animalito fuera de serie, capaz de acabar con su propia especie sin motivo alguno, y de forma simultánea, acabar con los recursos de su planeta. Y eso que cuenta con información y facultades superiores y extraordinarias, como la imaginación, la voluntad, o la inteligencia.

Pero de nada sirven estas, por mucho que uno se auto considere una especie racional, si antes no toma conciencia de sí mismo, y de su entorno. ¡Qué asquito debe dar vivir con un ejemplar de estas características!, pensará algún animalito un poco más civilizado y racional que el Homus plaguicidus. Albert Einstein, en su día ya advirtió, que el Homo sapiens, utilizaba tan solo un diez por ciento de su capacidad intelectual. Y Antonio Machado fue mucho más explícito en una de sus sentencias: “De diez cabezas, nueve embisten, y una piensa”.

¡Qué ironía más triste! O sea que masticamos la comida material, pero no sabemos procesar lo suficiente la energía emocional e intelectual que nos llega y que albergamos en nuestro interior. Eso sí, presumimos de saber comer, conocer el protocolo de la mesa, y sentar bien a los invitados. Pero como vemos, no sabemos sentarnos con nosotros mismos. El refranero popular, no solo tiene refranes contradictorios, sino que muchos de ellos, no tienen sentido. Claro que también hay refranes muy divertidos, que han calado en nuestra sociedad, y que a modo de pasatiempos, cuando uno los procesa mentalmente, es capaz de esbozar una triste sonrisa, cuando comprueba que aún en nuestros días siguen circulando de boca en oído, sentencias irracionales, entre animales que se hacen llamar racionales.

Veamos algunos de estos ejemplos contradictorios: “Las apariencias engañan” “La primera impresión, es lo que cuenta”, “No hay mal que por bien no venga”, “Las desgracias nunca vienen solas”, “Al que madruga, Dios le ayuda”, “No por madrugar amanece más temprano”, “En boca cerrada no entran moscas”, “Quién calla otorga”, “El que persevera avanza”, “Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe”, “Quién no se fía, no es de fiar”, “Piensa mal y acertarás”, “Ten cerca a los amigos, pero más a los enemigos”, “A enemigo que huye, puente de plata”.

Claro que también, hay refranes muy divertidos que han calado en la sociedad, y que te miden por lo que tienes (materialmente), y no por lo que eres (interiormente), ¿recuerdan?: “Dime lo que tienes, y te diré cuánto vales”. Y los hay, que aconsejan no dejar para mañana lo que puedas hacer hoy. Da lo mismo como te encuentres, que las condiciones te sean desfavorables, y que mañana puedas hacerlo en mejor estado de ánimo, y en mejores circunstancias. ¿Quién dijo que lo importante era la obra bien hecha?

Y otros que nos aconsejaban madrugar en nombre de Dios (“A quién madruga, Dios le ayuda”) No. No era el esfuerzo personal ni la acción de levantarse temprano, ni el tiempo que ganábamos con ello, una ayuda con la cual nos recompensábamos a nosotros mismos. Era Dios, el que te ayudaba si madrugabas (si te quedabas durmiendo, no te recompensaba con tu descanso).

Pero si hay un día en el que te acuerdas para el resto de tus días de los refranes, o de las frases hechas, es el día en cual te deja tu chico o tu chica, y decides contárselo a tu mejor amigo o amiga. Entonces se acercaba con su cara compungida, te abrazaba, y te decía: "¡Venga Hombre!: ¿no te vendrás abajo por esto, verdad? Ya sabes, una espinita saca otra espinita". Entonces te quedabas mirándole fijamente a los ojos, y eras tú el que además de lo tuyo, tenías que sacarle de dudas y evitar su bajón.

Querido/a amigo/a: Muchas gracias. De verdad que te lo agradezco. Verás, una espinita puede sacar otra espinita, pero no sola, sino con la ayuda de mis manos. Da la casualidad, que en la mayoría de los casos, lo que suele ocurrir al hacer lo que me dices, es que la espinita clavada, se introduce más adentro de lo que ya está (así que te agradecería que de una vez que te callases, y me dejases solo). ¿Te parece buena idea que me conceda un tiempo de reflexión, para averiguar dónde han estado mis fallos, y no volver de esta forma, a tropezar dos veces en la misma piedra? Muchas gracias, de verdad. Me alegro de que al fin, te hayas dado cuenta. ¿Lo ves? La mejor herramienta para sacarse una espinita del corazón, no es otra espinita, sino una pinza. Es decir, la cabeza. Pero la cabeza de uno, no la de otros...

José Luis Meléndez. Madrid, 11 de Octubre del 2015

4 de octubre de 2015

Hombres y mayores

La mayoría de edad, no es una cuestión de años, sino de experiencia.

Algunos de ustedes habrán sido testigos de cómo algunos padres recurrían de manera frecuente a algunas frases exentas de una mínima coherencia lógica, que satisficiera las peticiones propias de un niño. Y lo que es aún más preocupante, de las de un adolescente. De esta forma, ante la pregunta inoportuna y precipitada de los hijos (las hijas eran una excepción), los padres procedían a dirigirse a sus congéneres con frases del tipo: “Hijo mío, cuando seas mayor comerás huevos fritos”.

¡Válgame Dios!, exclamamos ahora, pero qué despropósito. Ni siquiera hoy, los segundos padres adoptivos, que tienen mascota, le niegan el pienso diario a su querido animal. ¿Cómo se llama este juego? Entonces no éramos conscientes, pero en ese momento acababa de nacer el pasapalabras. Ya lo ven, el pasapalabras, no es un invento de la televisión actual, sino de nuestros antepasados. Por un lado te negaban la respuesta, que para más inri, era contradictoria, ya que raro era el niño, que desde los dos años no solo comía huevos fritos, revueltos, duros, o pasados por agua, sino que además te posponían el plato. “¡Manda huevos!”, que diría don Federico Trillo.

Éramos en esa época tan inocentes, o más bien tan precavidos y temerosos de aquella generación, que cualquiera se atrevía a hacerles una segunda pregunta: ¿Pero huevos duros sí, verdad Papá…? ("Hijo mío, no me toques las narices"). Y así de esta forma, transcurría la vida, con un exacerbado y desmedido respeto hacia la figura paterna y materna. Entonces nos dimos cuenta, no sin cierto alivio, de la existencia de otro tipo de papás más explícitos y ambiguos a la hora de concretar nuestra mayoría de edad, como eran papá Estado y mamá Iglesia. Papá Estado, proclamaba nuestra edad a los dieciocho años, pero mamá iglesia, daba la callada por respuesta. De esta forma se otorgaba la licencia se imponer los santísimos sacramentos a las pobres criaturas recién nacidas e indefensas, sin esperar como en el caso de su fundador y maestro, a recibir de mayores los mismos, con pleno conocimiento de causa.

De esta forma, también fuimos conscientes de que la mayoría de edad, es algo muy relativo. Éramos menores para unas cosas, pero no para otras. ¡Qué curioso! Así que uno podía, ser mayor de edad a los dieciocho años, aunque no hubiera alcanzado la mayoría de edad mental. Da lo mismo que fueras un bala-perdida o un inconsciente, lo importante es que ya eras mayor de edad. Más tarde comprendimos que la mayoría de edad, no es una cuestión de años, sino de experiencia. Así pudimos encontrarnos personas menores de edad con la madurez y el aplomo de otras tenidas por la sociedad como personas mayores. Los hijos hoy en día, son un claro ejemplo de ello. Muchos padres, se ven desarmados, y son conscientes de que los niños cada vez hacen las mismas preguntas a edades más tempranas.

Pero el encanto de ser mayor, como en otras muchas cosas de la vida, no radicaba en el simple hecho de cumplir dieciocho años de una sola vez, sino en ir experimentando esa sensación gradual y previa, antes de llegar a dicha edad. ¿Quién no se ha llegado a sentir mayor, al dar sus primeras caladas a un cigarro, mientras permanecía escondido, al abrir la casa de madrugada, o al sentarse al lado de la chica que más te gustaba.

El caso es que cuando uno llegaba al fin, a la anhelada edad, y creía haber alcanzado el podio de la mayoría, no tardaba en ser invitado por algunos de esos mayores creciditos en sus formas, a bajar del escalón recién ascendido y merecido, sin poder evitar con ello, el respectivo bajón anímico. “De acuerdo, ya eres mayor, lo sabemos. Pero, ¿dónde tienes, ese hombre o esa mujer, que de forma presumible llevas dentro?”. Este es el mensaje que nos lanzaba la sociedad. Entonces te preguntabas: ¿Cómo…? Pero si ya tengo un DNI, que indica mi sexo, y una forma de vestir que revela sin tapujos mi incuestionable y evidente condición sexual. ¿Qué más quieren, si se puede saber? Más tarde caías en la cuenta: el sexo, como el valor en la mili, es una simple suposición, y como tal hay que demostrarlo.

¿Y cuál era el camino más corto para demostrar nuestra identidad sexual, y terminar de una puñetera vez este calvario? Pues depende. La empanada mental era tan grande, que como todas las elaboraciones culinarias, su receta variaba según las distintas regiones nacionales y cerebrales. Para los abuelos los hombres se hacían, o más bien se “formaban” cuando iban a la mili. Para algunos padres, por el contrario, hartos de sus vástagos, la hombría la adquirían en el momento en que se iban de casa. Otros esperaban a que les pidieses algún imposible, como las llaves del coche, carnet en mano, y de esta forma postergaban en el tiempo tu renacimiento sexual, hasta que tuvieses pelos en el pecho. Daba lo mismo si los tenías en el rostro, o en la zona genital. La gracia es que en el pecho tardaban más en salirnos. Otros papás más filósofos, confirmaban tu masculinidad, según ibas recibiendo y encajando los palos de la vida. Y por último, otros más desconfiados, esperaban a que uno mismo saliese de la ambigüedad sexual, y llamase y trajese la primera amiguita a casa.

Una vez escuchadas esta sarta de tonterías, uno se preguntaba que sabía nadie de cuando y como nos sentimos o convertimos de una forma real y/o extra oficial en hombres o mujeres. ¿Será aquel día que acudimos con cierta urgencia al baño, y notamos aquella sensación nueva, placentera que electrificó y recorrió nuestro cuerpo? ¿Será aquel final de mes, en el que recibimos el primer sueldo?, ¿o tal vez el momento en el que compartimos nuestras caricias y sentimientos más profundos con el primer ser amado?

Es posible que muchas personas reconozcan, y consideren algunos de estos significativos y gratos momentos, como los más auténticos a la hora de situar en el tiempo los orígenes de su condición sexual. Pero lo que resulta evidente es que uno es hombre o mujer, en el momento en empieza a ser uno mismo. Otra cuestión es preguntarse cuando empezamos a ser mayores. Uno podría pensar que este momento es el día que acudimos por primera vez a un centro de mayores. Pero no. El día que realmente empezamos a ser mayores, es el día en el cual dejamos de ser niños. Es decir, nunca.

José Luis Meléndez. Madrid, 3 de Octubre del 2015
Fuente de la imagen 1: Flickr.com