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22 de enero de 2018

Próxima estación...

Ojalá este hermoso gesto colectivo sea un ejemplo a seguir a partir de ahora por parte de las distintas Administraciones públicas

Que los animales no son un capricho, es un hecho que los padres no consiguen trasladar a sus hijos. Ni las innumerables advertencias por parte de las asociaciones animalistas para fomentar una tenencia responsable, ni el colapso que padecen desde hace años las protectoras que velan por sus vidas (principal derecho que todo ser viviente, por el simple hecho de serlo, debería tener), son al parecer motivos más que suficientes a considerar, a la hora de adoptar una mascota. La insistencia comprensible, pero a la vez impertinente e inoportuna del niño en el momento de adquirir una mascota, debería ser inversamente proporcional a la responsabilidad de los padres, a la hora de velar por las condiciones de vida  del animal, hecho que desafortunadamente sigue sin cumplirse en nuestra sociedad.

Lo llamativo, paradójico y vergonzoso, cuando  nos decidimos a adquirir un bien material, es que seamos “invitados” a comprometernos, y a firmar y aceptar multitud de cláusulas y de condiciones, y, sin embargo, a la hora de hacernos responsables de la vida de un animal, el establecimiento en cuestión, no nos ofrezca a nosotros ni a nuestras mascotas, dichas condiciones. Este hecho viene a confirmar lo siguiente: la sociedad se preocupa más por el funcionamiento de nuestros electrodomésticos, que por la vida de nuestras mascotas. No existe mejor ejemplo que pueda ilustrar esta afirmación, que la del siguiente caso que nos ocupa.

En el año 1992, la empresa pública ADIF (Administración de Infraestructuras Ferroviarias), inauguró el jardín tropical de la estación de Atocha. Muy pronto algunos tutores de mascotas arrepentidos, encontraron en el estanque situado en el interior de dicho enclave, la excusa y el lugar apropiado para depositar a sus tortugas. Según los especialistas, uno de los motivos de dicho abandono, es el rápido crecimiento de estos reptiles. Con el paso de los años, el estanque que gozaba de la simpatía de los visitantes, con los años pasó a convertirse en la casa de los horrores. La situación aún hoy en día ha llegado a ser tan surrealista y execrable, que mientras los curiosos se acercan relajados a contemplar las tortugas en su tiempo de ocio, los mismos animales pueden llegar a comerse unos a otros, como consecuencia del estrés al que están sometidos.

Ya en el año 2016, Sergio García, uno de los portavoces de FAPAM (Federación de Asociaciones de Protección y Defensa Animal de la Comunidad de Madrid), definió en los siguientes términos la situación en la que se encontraban dichos animales: “Hay ejemplares con mutaciones (canibalismo), que se comen los unos a los otros. Están estresados”. Las causas de dicho canibalismo se entienden si se tiene en cuenta que el 80% de las 300 tortugas de las que actualmente consta el estanque, están consideradas especies prohibidas, según el catálogo español de especies exóticas o invasoras. Entre las más numerosas se encuentran la tortuga de Florida, o el galápago americano. Estas especies territoriales y vegetarianas se han convertido en predadores en un espacio limitado (las tortugas viven hacinadas unas encima de otras), sobresaturado de ejemplares, en el cual no existe comida para todos, según palabras de Antonio Mañas, fundador de la plataforma “Atocha se muere”. Se estima según esta plataforma en un informe que ADIF proporcionó a la misma, que el índice de mortalidad era entonces de cinco tortugas al día, es decir, 60 tortugas al mes.

El problema es que la comida que la gente proporciona a estos animales, no es la apropiada, añade Mañas. Gracias a la implicación de la plataforma y a su labor de sensibilización social a través de campañas en Change.org (a las cuales se sumó La Pluma Verde), “Atocha se muere”, logró reunirse con los responsables de ADIF, y ésta a su vez, llegó a contactar por medio de Change.org con este blog, alegando en todo momento que lo que pretendía era buscar una solución consensuada con las demás partes, y no la expulsión de los animales.

Los responsables de ADIF, propusieron como alternativa el cierre del estanque, e incluso llegaron a exponer carteles disuasorios, que no consiguieron los objetivos propuestos: “Cuidemos las instalaciones. Prohibido abandonar animales. El abandono es delito”. Las protectoras por su parte eran más partidarias de impedir el acceso al público para evitar el abandono de tortugas y de peces. Desde la plataforma se propuso el traslado de dichas especies (propuesta que en si día expuso La Pluma Verde a ADIF), con objeto de evitar su eutanasia.

Durante estos años ADIF ha proporcionado alimentación, veterinario, e higiene a los animales. Hace días la empresa ferroviaria ha llegado a un acuerdo de cinco años con el Ayuntamiento de Navas del Rey, municipio situado al oeste de la capital. El consistorio de dicha localidad ha cedido espacio para estos reptiles, y construirá una laguna para alojarlos en el Centro de Fauna y Naturaleza José Peña. Por su parte ADIF invertirá 50.000 euros para su traslado, reubicación y mantenimiento. El lugar que actualmente ocupan las tortugas será pavimentado. ADIF prevé transformar dicho espacio en un punto de “educación medioambiental y actividad cultural”, con una posible zona que exponga la historia de dicho espacio desde sus orígenes.

Hace unos días el Consistorio madrileño, con motivo de la limpieza del lago de La Casa de Campo,  decidió “eutanasiar” a 14.000 peces entre carpas, carpines, percasolas y gambusias que vivían en sus aguas, en lugar de considerar su traslado a otros ríos caudalosos o lagos de Europa, donde estas especies viven sin ningún problema. PACMA (Partido Animalista Contra el Maltrato Animal), propuso en su programa electoral la modificación de esa Ley del Patrimonio Natural en lo referente a especies invasoras, en especial a la matanza de animales como método de control, para evitar el exterminio de este tipo de especies.  El origen de este carpicidio, según el Partido animalista, viene de los años ochenta: “el ayuntamiento madrileño decidió convertir ese lago en un lugar de pesca y pensó que el animal ideal es la carpa, porque es un muy confiado y acude a todo tipo de cebos, así que es de los más fáciles de pescar. De esa manera, trajeron desde el Parque del Retiro cientos de carpas con tamaños entre los 250 gramos y los 5 kilos, lo que demuestra que el traslado entre diferentes lugares es posible siempre que se quiera hacer”.

Han hecho falta 26 años para que la sociedad se haya mirado a sí misma en las aguas de este estanque. Gracias a los esfuerzos de ciudadanos anónimos, de asociaciones animalistas, y de la empresa pública, se ha llegado a un final feliz para todos. Ojalá este hermoso gesto colectivo entre la sociedad civil, y la empresa pública, sea un ejemplo a tener en cuenta a partir de ahora por parte de las distintas Administraciones Públicas. La buena noticia es que la  próxima estación de estos quelonios ya existe y tiene un nombre: Navas del Rey. Un municipio con resonancias reales en el cual las tortugas podrán vivir dentro de poco como auténticas reinas. Lejos de las miradas cómplices y obscenas de aquellos que creyeron que aquella charca era su paraíso. Y tal vez cuando llegue ese momento, muchos se sientan al no poder contemplarlas ni notar de cerca su compañía, tan abandonados como durante tantos años lo estuvieron ellas.

José Luis Meléndez. Madrid, 20 de enero del 2018.
Fuente de la imagen: commons.wikimedia.org