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12 de enero de 2017

La ciudad verde

Resulta paradójico, que las Administraciones locales, dispongan de puntos limpios destinados a reciclar materia inorgánica, sin vida, y que no habilite puntos verdes, para que los ciudadanos depositen sus plantas

Las plantas son, reconozcámoslo, las mejores mascotas. Nada más llegar al mundo, nos reciben en las habitaciones de los hospitales, en los peores momentos están en nuestras casas, o en las antesalas de las clínicas, y cuando nos vamos, nos acompañan física y emocionalmente. Nunca se quejan ni nos molestan, y es el único ser de la familia, al que nunca hay que llevarle al médico.

Su expresión es corporal. Lo único que piden estos maravillosos seres, es que se les dirija una mirada de vez en cuando, que no se las sitúe en un punto de sol directo, que tengan la tierra húmeda, pero sin encharcamientos, y que se las limpie las hojas de polvo y se las rocíe con agua (lo cual las encanta), para que puedan llevar a cabo sus funciones vitales, con total normalidad. Que durante los meses comprendidos entre marzo y septiembre se las abone durante sus riegos una vez a la semana, y que durante el resto del año, se proceda de igual forma, pero con una menor intensidad.

El verano es para las plantas, bien sean de interior o de exterior, la estación más temida del año. Las altas temperaturas y la falta de riego, hacen que muchas de ellas mueran por nuestra culpa.
Es muy curioso, el vocabulario que muchos emplean cuando se refieren a sus plantas. A muchas personas las plantas se “les estropean”, y se refieren a ellas, como si fueran un electrodoméstico averiado. El lenguaje se convierte de esta forma, en una prueba más que evidente del concepto que tenemos de nuestras plantas.

Las vacaciones, las fiestas, y en especial el trasiego de bultos y de equipaje, son otra de las pruebas de fuego que atraviesan nuestras plantas. Unos aprovechan para abandonarlas en los cubos de basura, en lugar de regalarlas. Otros dejan la llave de su casa a sus familiares, para que las rieguen, pero no se preocupan de dejarlas un poco de luz.
El panorama y el trato recibido, no es menos triste por parte de las Administraciones públicas. Resulta cuanto menos paradójico, que las Administraciones locales, dispongan de puntos limpios destinados a reciclar materia inorgánica, sin vida, y que no habilite puntos verdes, para que los ciudadanos depositen sus plantas, que bien por falta de espacio, o por otros motivos, no pueden hacerse cargo de ellas.

Podría habilitarse un jardín público, compuesto por distintas especies, el cual podría denominarse El Jardín de la Ciudad

La solución pasaría en una primera fase, porque los distintos ayuntamientos, alcanzasen acuerdos con algunos viveros y floristerías, para que los ciudadanos pudieran depositar sus plantas. Los Consistorios, podrían a su vez reutilizar y plantar estas especies, en jardines públicos, o en recintos de interior públicos, en centros comerciales, o en las propias dependencias de las Administraciones locales, según la especie y el clima más apropiado para ellas.

Asimismo, para el resto de plantas, podría habilitarse un jardín público compuesto por distintas especies, el cual podría denominarse el jardín de la ciudad, con plantas bien donadas por los ciudadanos, o encontradas abandonadas en la calle. De esta forma, con la visita a este jardín, la Administración lograría concienciar a los ciudadanos, por medio de visitas guiadas, folletos de concienciación, con campañas de donación durante el año.

Las plantas de interior sobrantes se pueden revender a los viveros de los Ayuntamientos, o donarlas a las floristerías, en compensación a su colaboración. Con estas medidas, por un lado se compensaría, la preocupante falta de verde en las ciudades, como consecuencia de las talas masivas y la falta de repoblación, y se contribuiría a su vez a la limpieza del aire.

Los Ayuntamientos deberían tomar cartas en el asunto, ante la creciente desertización del país, y actualizar sus ordenanzas municipales. Efectuar campañas de concienciación, para que los ciudadanos participen de una manera activa, en el cuidado de sus jardines públicos. Para ello, la Administración debería establecer horarios y autorizaciones de riego, en los meses de verano. Supervisar y autorizar las talas, e incorporar si es preciso medidas sancionadoras a las comunidades incumplidoras con sus obligaciones, de manera que de forma posterior, pueda destinarse este dinero a servicios sociales.

Es necesario también un papel mucho más activo de la Administración central, y que se lleguen a acuerdos con grupos ecologistas, para el cuidado de las zonas verdes urbanas, y el compromiso de las asociaciones de vecinos. La solidaridad no tiene ningún color político. Estas asociaciones debieran concienciar a los vecinos, y disponer de un material básico, para dar servicio a los vecinos, como una manguera, guantes, azada, rastrillo, e implicarse de una manera más activa en los problemas reales de los barrios, y menos en las actividades lúdicas y de ocio.

Los contratos heredados de una legislatura anterior, no pueden convertirse en la excusa perfecta, para hacer creer a los ciudadanos, que no es posible hacer nada. Si los contratos blindados por definición, son los mismos que tenía el anterior gobierno, ¿cómo es posible que muchos barrios tengan más suciedad que antes?

La solución más eficaz y menos gravosa desde un punto de vista económico, consistiría en contratar inspectores de distrito a media jornada. Las funciones de dichos supervisores consistiría en recorrer bien a pie, bicicleta o moto las calles de los distintos distritos (en coche es difícil acceder a zonas poco visibles), de forma posterior un informe, remitirlo a la central, y que esta de la orden a las contratas. Todo menos tener al ciudadano, efectuando las labores que tendría que realizar su ayuntamiento.

José Luis Meléndez. Madrid, 2 de octubre del 2016
Fuentes de las imagenes: Flickr.com